Madrid, España – Europa va en serio con aumentar sus capacidades de defensa, como quedó de manifiesto el pasado 15 de octubre con la presentación, por parte de la Comisión Europea, de la estrategia para los próximos cinco años: Preserving Peace – Defence Readiness Roadmap 2030 (en español, Hoja de Ruta de Preparación en Defensa 2030). Según Ursula von der Leyen, la Readiness Roadmap 2030 busca “reforzar las capacidades de defensa europeas” y “reforzar la capacidad de Europa para disuadir y defenderse en tierra, aire, mar, ciberespacio y espacio, contribuyendo directamente a los objetivos de capacidades de la OTAN”. Un objetivo ambicioso, teniendo en cuenta el punto de partida rezagado y heterogéneo de los distintos países de la Unión.
El plan incluye iniciativas para abordar las brechas de capacidades de los países en todas las áreas que engloba la defensa: defensa aérea y antimisiles; habilitadores estratégicos; movilidad militar; sistemas de artillería; ciber, IA y guerra electrónica; misiles y munición; drones y antidrones; combate terrestre; y ámbito marítimo. También contempla cuatro proyectos insignia iniciales de preparación europea, ampliables en el futuro: la Iniciativa Europea de Defensa contra Drones, la Vigilancia del Flanco Oriental, el Escudo Aéreo Europeo y el Escudo Espacial Europeo.
La “defensa europea” como tal apenas ha existido durante muchos años. Más allá del control de fronteras de la Unión Europea (UE), de misiones de paz conjuntas alrededor del mundo o el artículo de los tratados —similar al de la OTAN— que compromete a los países miembros a responder si uno de ellos es atacado, poco más había. Es decir, el punto de partida no es especialmente sólido: ni en el plano regulatorio y competencial, ni en el operativo, ni en el financiero o de inversión.
Desde el punto de vista regulatorio y competencial, la Comisión tiene las manos atadas: los Tratados de la Unión son claros y establecen que la competencia en defensa es exclusiva de los Estados miembros. Por tanto, la UE puede a) coordinar y proponer, y b) centrarse en la vertiente económica: competencia, compras y manufactura de material de defensa, ámbitos en los que sí tiene competencias. Eso es precisamente lo que hace la Defence Readiness 2030: lejos de plantear un ejército europeo —de personal o de munición—, facilita la interoperabilidad entre fuerzas armadas, el despliegue de inversiones y compras conjuntas (por ejemplo, con el plan ReArm Europe Plan/Readiness 2030) y apoya la relocalización de manufactura y producción en Europa. Consciente de la sensibilidad competencial, el documento subraya varias veces que los Estados miembros son y seguirán siendo soberanos en su defensa nacional y “responsables de sus propios ejércitos”.
En términos operativos, la coordinación en la compra e interoperabilidad de los sistemas de defensa entre países de la UE apenas llega al 20%, y el gasto en defensa sigue siendo, como reconoce la propia Comisión, “abrumadoramente nacional y sesgado hacia lo local, lo que conduce a fragmentación, encarecimiento y falta de interoperabilidad”. Una forma de incrementarla es mediante compras conjuntas: el plan pretende que el 40 % de la contratación de defensa sea mediante contratos conjuntos a finales de 2027 y que, para 2030, al menos el 60 % de las compras de armamento provenga de empresas de la UE o ucranianas. Además, el documento detalla un “programa para subsanar brechas de capacidades” centrado en ayudar a los Estados miembros a cubrir sus necesidades, reconociendo que no todos parten del mismo punto ni poseen las mismas capacidades. Más allá de la compatibilidad de sistemas de defensa dentro de la UE, también se busca la interoperabilidad con aliados y estructuras como la OTAN. Una preocupación durante la negociación de esta estrategia era evitar una estructura paralela que sobrecomplicase el panorama; por ello, el documento hace hincapié en que el desarrollo tecnológico y las compras se desarrollarán en coordinación y “se integrarán, cuando proceda, con la OTAN”.
En lo financiero, es evidente que Europa despriorizó durante demasiados años las inversiones en defensa, confiando en la protección y la supremacía tecnológica de su aliado estadounidense. Con Trump en la Casa Blanca (¿o Casa Dorada?), ese supuesto se desvaneció y Europa ha tenido que ponerse las pilas: lo que promete el nuevo Readiness 2030 no es barato y requiere dinero, mucho dinero. La Defence Readiness Roadmap 2030 estima que el reto es demasiado grande para que lo asuma solo el sector público, de modo que la mayor parte de la inversión deberá venir del sector privado. La idea es movilizar financiación mediante incentivos de coinversión público-privada, mayor agilidad burocrática (para permisos de construcción o exportaciones) y facilidades para prestar e invertir en defensa. En concreto, el documento señala que la UE ayudará a movilizar hasta 800.000 millones de euros para gasto en defensa, incluidos el programa SAFE – Security Action for Europe de préstamos para armamento por 150.000 millones, el Programa Europeo de la Industria de Defensa por 1.500 millones —aún en negociación—, el Fondo Europeo de Defensa y, una vez se adopte en 2027, el próximo marco financiero plurianual del bloque. Movilización astronómica de dinero, teniendo en cuenta que hasta antes de ayer no existía siquiera un Comisario de Defensa.
El primer obstáculo para la correcta implementación del plan son los propios Estados miembros. Por un lado, el color político de los gobiernos y la aritmética parlamentaria hacen que no exista un discurso homogéneo sobre defensa y que no todos tengan prisa o capacidad para aplicar las medidas acordadas. Por otro, a veces priman los intereses nacionales sobre los europeos (comprar a una empresa nacional frente a otra más barata o eficiente; optar por una tecnología concreta porque se produce en un país determinado, etc.). La Comisión es consciente, y por eso el paquete incluye: 1) plazos de implementación y 2) voluntariedad en la adhesión a proyectos (no todos los países tienen que participar en todos). De hecho, el ministro alemán de Defensa y Asuntos Europeos, Boris Pistorius, anunció el pasado 16 de octubre que Alemania pretende asumir el liderazgo del proyecto Escudo Aéreo Europeo (en donde se encuentra la famosa Iron Dome europea que estamos oyendo hablar estos días). Se espera que otros países asuman el liderazgo del resto de proyectos insignia en un intento de la Comisión de decir lanzar el mensaje de: avanzamos, sino todos, aunque sea unos cuantos.
En conclusión, se trata de un plan ambicioso y bien orientado, cubriendo las áreas que más urgen, pero con plazos lentos y la incógnita de si los Estados miembros serán capaces de ejecutarlo. Se puede decir que Europa se pone las pilas en materia de defensa “para mantener la paz”, centro del proyecto europeo, y ser creíble en términos de disuasión frente a otros actores. Eso sí, pide amablemente a sus enemigos que no la invadan hasta 2030: tardará un poco en llegar a esas capacidades objetivo disuasorias. Confiemos en llegar a esa fecha vivos y hablando español, y no ruso.
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Gonzalo Arana

Sobre el autor: Gonzalo Arana es director en Oliver Wyman, en el departamento de Gobierno, Defensa y Servicios Financieros. Gonzalo posee un MSc en Economía y Finanzas por la UNAV-IESE Business School, un MBA por INSEAD y un MC/MPA por la Harvard Kennedy School. Además de su labor en Oliver Wyman, es actualmente senior fellow en EsadeEcPol y hasta septiembre de 2025 investigador visitante en el Growth Lab de Harvard, donde investiga sobre crecimiento sostenible.

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