Este mes de noviembre se cumplieron veinte años de la firma del Acuerdo para la promoción y protección recíproca de inversiones entre la República Popular China y el Reino de España. Coincidiendo con este aniversario, los Reyes de España realizaron una visita oficial al país asiático, reflejo de una relación bilateral que se ha intensificado a través de tratados comerciales, acuerdos agroalimentarios y mecanismos de cooperación en ámbitos como la ciencia, la cultura o la educación, e incluso un Tratado de Extradición firmado en 2005.
Sin embargo, este acercamiento tiene lugar en un contexto europeo radicalmente distinto al de hace dos décadas. El pasado 3 de diciembre, la Unión Europea (UE) actualizó su Estrategia de Seguridad Económica, alertando de los riesgos asociados a determinadas políticas comerciales chinas y a la creciente rivalidad sistémica entre China y Estados Unidos. Esta nueva realidad obliga a replantear el encaje de las relaciones bilaterales de España y China dentro del marco europeo.
Por esa razón, la pregunta que se plantea es clara: ¿cómo debería España gestionar su relación comercial con China maximizando los beneficios comerciales sin comprometer su seguridad económica e industrial?
De la apertura comercial…
Desde los años noventa, la creciente integración económica entre la UE y China ha permitido a las empresas europeas acceder al mayor mercado del mundo y reducir significativamente los costes de sus manufacturas mediante cadenas globales de valor. Sin embargo, esta integración comercial también ha tenido efectos adversos. Diversos estudios, incluyendo un estudio del BCE de 2022, han documentado una pérdida neta de empleo manufacturero en la UE asociada al aumento de las importaciones chinas y a la deslocalización productiva, fenómeno conocido como China Shock.
Paralelamente, Europa se ha convertido en uno de los principales destinos de la inversión china, especialmente tras la llegada de Xi Jinping al poder en 2012 y el lanzamiento de la Iniciativa Franja y Ruta, conocida en inglés como Belt and Road Initiative. Proyectos estratégicos como la adquisición del puerto del Pireo o el programa 16+1, denominado 17+1 tras la adhesión de Grecia, evidenciaron inicialmente una relación cada vez más estrecha.
…a la cautela
Sin embargo, en los últimos años, la postura europea hacia China ha ido evolucionando a una posición más prudente. Los efectos del confinamiento en China durante la pandemia de la COVID-19 redujeron considerablemente sus exportaciones a Europa y redujeron la inversión de empresas europeas en el país. Esto, combinado con el apoyo económico y diplomático de China a la invasión de Ucrania por parte de Rusia, llevó a determinados cambios en las relaciones entre la UE y China. La suspensión del Acuerdo Integral de Inversiones (CAI), la salida de varios Estados miembros del formato 17+1 y el endurecimiento del discurso europeo reflejan un consenso emergente: China es simultáneamente socio, competidor económico y rival sistémico.
Este giro se ha traducido en investigaciones antisubsidio, medidas antidumping y el impulso de iniciativas como Global Gateway, destinadas a reducir dependencias estratégicas y reforzar la autonomía industrial europea frente a un posible China Shock 2.0.
¿Y España?
Esto ha ido acompañado de un déficit comercial estructural con China, que en 2024 se situó en aproximadamente 37.706 millones de euros, calculado como la diferencia entre las importaciones españolas desde China (45.174 millones de euros) y las exportaciones españolas al gigante asiático (7.467 millones de euros) según datos oficiales de la Fundación Consejo España China. A su vez, varios estudios académicos señalan que la creciente competencia en precios procedente de China ha contribuido al deterioro del empleo manufacturero en varios países europeos, incluida España.

Paralelamente, la inversión directa china en España, pese a ser todavía limitada en términos agregados frente a los principales inversores tradicionales como Estados Unidos, Francia o Alemania, ha ganado relevancia por su fuerte concentración en sectores industriales estratégicos, especialmente en vehículos eléctricos y fabricación de baterías. En este contexto se incluyen proyectos industriales de gran escala como la asociación entre CATL y Stellantis para la fabricación de baterías de coches eléctricos en Barcelona y en Zaragoza, los planes de producción del fabricante automovilístico chino Chery en Barcelona y la postulación de BYD para construir otra fábrica de automóviles eléctricos en España.
Riesgos para España: el precedente africano y europeo
Para poder evaluar el posible beneficio de estas promesas de inversión, conviene remitirse a experiencias previas de inversión china en otras regiones, no como modelos directamente extrapolables al contexto europeo, sino como puntos de partida para identificar patrones y paradojas recurrentes. El caso de Etiopía resulta ilustrativo. Allí, la inversión china llegó a superar los 8.500 millones de dólares en 2024, convirtiendo al país en uno de los principales receptores de capital chino del Programa Franja y Ruta en África. Sin embargo, un informe del Banco Mundial de 2022 sobre los proyectos de desarrollo industrial concluye que los parques industriales desarrollados con capital chino se han concentrado mayoritariamente en actividades de baja especialización y escaso valor añadido, especialmente en el sector textil. De forma similar, el World Bank BRI-related Review (2019) documenta una alta prevalencia de contratación de trabajadores y proveedores chinos en proyectos vinculados a la Iniciativa Franja y Ruta, lo que limita la transferencia tecnológica y reduce el impacto positivo sobre el tejido productivo local.
En España, algunas señales similares invitan a la cautela. Las recientes declaraciones de CATL sobre la necesidad de desplazar hasta 2.000 trabajadores chinos para su planta en Zaragoza refuerzan el temor de que estas inversiones se dediquen al ensamblaje de componentes importados, con baja transferencia tecnológica al panorama empresarial local. A ello se suman los reiterados retrasos del proyecto de Chery, que además podría responder a una estrategia para eludir aranceles europeos, aumentando la presión competitiva sobre la industria automovilística europea sin generar beneficios proporcionales en empleo o innovación.
¿Qué estrategia debe seguir España?
A nuestro país se nos presenta un problema complejo debido al déficit comercial estructural que tenemos.
Primero, debemos desarrollar un mayor conocimiento del funcionamiento económico y político interno de China y cómo este afecta a su política comercial exterior. El sistema chino combina un autoritarismo centralizado con una fuerte fragmentación a nivel territorial, lo cual es conocido como autoritarismo fragmentado, en el cual gobiernos locales altamente endeudados han dependido durante décadas del crecimiento inmobiliario y de la expansión del crédito. El estallido de la burbuja inmobiliaria, la proliferación de ciudades fantasma y el riesgo fiscal de numerosas administraciones regionales han incrementado la presión interna para exportar exceso de capacidad industrial y atraer inversión exterior. A ello se suman crecientes tensiones geopolíticas con vecinos como India y países del Sudeste Asiático, que refuerzan el interés de Beijing por mantener un acceso estable al mercado europeo. Comprender estas dinámicas resulta esencial para evaluar con mayor precisión las motivaciones, los límites y los objetivos reales de los proyectos de inversión china en Europa y en España.
Segundo, la elevada dependencia china del mercado de la UE, especialmente tras el inicio de la guerra comercial entre China y Estados Unidos en 2018, otorga a Europa un margen de actuación que hasta ahora ha sido infrautilizado. Este margen puede concretarse en políticas industriales y comerciales más exigentes, como condicionar el acceso al mercado europeo al cumplimiento de reglas de contenido local, limitar la dependencia excesiva de proveedores chinos en sectores estratégicos, especialmente en la automoción eléctrica y tecnologías verdes, y reforzar los instrumentos defensivos frente a prácticas de dumping y subsidios, como los aranceles compensatorios recientemente aplicados a vehículos eléctricos chinos. Al mismo tiempo, es importante reducir vulnerabilidades críticas en materias primas estratégicas, como las tierras raras, mediante diversificación de proveedores, reciclaje y desarrollo de capacidades propias en la UE.
Por último, estas medidas solo serán efectivas si se aplican de forma coordinada a nivel europeo. Evitar una fragmentación del mercado interior exige una acción conjunta que limite estrategias nacionales cortoplacistas, tales como la externalización masiva de componentes industriales a China, y que establezca condiciones claras a la inversión extranjera. Entre ellas, requisitos mínimos de contenido local, compromisos verificables de transferencia tecnológica, participación de proveedores europeos en las cadenas de valor y objetivos concretos de empleo cualificado y formación de trabajadores locales. También es importante priorizar inversiones que reduzcan dependencias críticas, tales como baterías, semiconductores o materias primas estratégicas, y que contribuyan a diversificar proveedores y capacidades productivas dentro de la UE.
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José Soria

Sobre el autor: José Soria posee un grado en Relaciones Internacionales y Economía por la Universidad de Brown y un máster en Relaciones Internacionales por la Universidad Johns Hopkins. Durante su grado, José se especializó en China y ha realizado estancias de estudio y trabajo en Beijing, Shanghái, Guangzhou y Taipéi. Aparte de hablar chino, José también habla japonés, francés, ruso e inglés.

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