La soberanía tecnológica como prioridad comunitaria
El concepto de soberanía tecnológica europea alude a la ambición de la Unión Europea de mantener control y autonomía sobre su infraestructura digital, sus datos y sus tecnologías críticas, reduciendo al mismo tiempo la dependencia excesiva de proveedores externos. En una entrevista con Radio France Internationale, Emmanuel Macron resaltó la importancia que tiene este tema para Europa: “la batalla que estamos librando es de soberanía… Si no construimos nuestros propios campeones en todas las áreas (digital, inteligencia artificial), nuestras decisiones serán dictadas por otros.”
La Comisión Europea se ha dotado de un nuevo Comisario de Soberanía Tecnológica y ha consolidado varias iniciativas y pilares legislativos, reflejando su centralidad en la agenda comunitaria. En noviembre, Francia y Alemania lideraron la primera cumbre en soberanía tecnológica, subrayando su relevancia para el futuro de Europa. En este contexto, la soberanía tecnológica europea ha dejado de ser un ideal político abstracto para convertirse en un objetivo estratégico prioritario, el cual la Comisión Europea pretende abordar de forma explícita durante su nuevo mandato. En este artículo, analizaremos las limitaciones y oportunidades que se le presentan a la Unión Europea en esta tarea.
Dependencia estructural de la UE respecto a Estados Unidos
Sin embargo, la Unión Europea (UE) sigue dependiendo en gran medida de socios comerciales externos a lo largo de toda su cadena de valor tecnológica, especialmente del otro lado del Atlántico. Esta dependencia abarca desde las materias primas y los chips avanzados hasta la infraestructura en la nube y las aplicaciones de software. Esta situación de liderazgo limitado incrementa la exposición del bloque a dinámicas de coerción económica, a riesgos crecientes en materia de ciberseguridad y a fricciones normativas derivadas de la coexistencia (y competencia) entre los modelos de gobernanza digital de Estados Unidos y China.
Aproximadamente el 70 % del mercado europeo de servicios en la nube está controlado por Amazon Web Services (AWS), Microsoft Azure y Google Cloud. En materia de servicios digitales, únicamente 4 de las 50 principales plataformas más utilizadas a nivel global son europeas, como Spotify. En cambio, la mayoría pertenece a gigantes estadounidenses como Alphabet (Google), Meta (Facebook/Instagram), Amazon, Apple y Microsoft. En cuanto a servicios específicos como la búsqueda web, más del 90 % del mercado europeo está en manos de Google, lo que muestra la tendencia oligopolística y hasta monopolística del sector tecnológico. Los chips que permiten estos servicios siguen la misma tendencia. Sólo la empresa neerlandesa ASML tiene un rol suficientemente relevante en la cadena de suministro de los chips para influir en decisiones claves.
La relación transatlántica: confrontación ante complementariedad
El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha supuesto el abandono explícito del enfoque cooperativo que, con todas sus limitaciones, había caracterizado la etapa anterior con Biden en materia digital. La desaparición del Consejo de Comercio y Tecnología UE-EE.UU. (TTC), ya de por sí bastante criticado por su escasa capacidad para generar compromisos vinculantes, ha suprimido uno de los pocos foros institucionalizados de diálogo estructurado en materia de tecnología entre ambas potencias.
Aunque el TTC nunca logró resolver las divergencias de fondo sobre competencia, regulación de plataformas, transferencia de datos o subsidios industriales, sí funcionaba como mecanismo de contención política y comunicación estable entre ambas potencias. Esto, junto a la salida de Estados Unidos de instituciones multilaterales, ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una lógica más confrontacional. La regulación digital europea es percibida desde Washington no como una diferencia normativa legítima, sino como una amenaza directa a los intereses económicos y estratégicos estadounidenses.
Las sanciones de la Comisión Europea contra las prácticas de Google y X por hacer peligrar los principios europeos de competencia y gobernanza digital, al amparo del Reglamento de Servicios Digitales (DSA, por sus siglas en inglés) y del Reglamento de Mercados Digitales (DMA), han contribuido de forma significativa a este conflicto. Desde Washington, estas medidas han sido interpretadas como ofensivas a la seguridad nacional estadounidense, provocando amenazas de represalias económicas por parte de Trump y prohibiendo la entrada en Estados Unidos al antiguo comisario Thierry Breton. Frente a ello, la respuesta europea ha sido difusa y fragmentada, atrapada entre la defensa de su marco regulatorio y el temor a una escalada transatlántica, lo que evidencia las limitaciones de la soberanía tecnológica europea ante la coerción externa.
Soberanía tecnológica y seguridad económica: dos caras de la misma moneda
En este contexto, medidas inicialmente percibidas como adversas, como los aranceles, podrían reinterpretarse como un trampolín a una reorientación estratégica. Desde la perspectiva de la weaponized interdependence (Farrell y Newman), el debate no debería centrarse únicamente en reducir dependencias, sino también en cómo la UE puede aprovechar estratégicamente su centralidad económica para sus propios intereses. El mercado único europeo (el cual representa casi el 15% del PIB global) puede servir como una palanca de poder para influir en reglas, estándares y acceso al mercado global.
En sus últimas Reuniones Anuales, el FMI presentó una evaluación moderadamente favorable del desempeño macroeconómico de varias economías europeas, pero también subrayó una significativa persistencia de cuellos de botella estructurales en productividad, inversión y competitividad. Este diagnóstico sugiere que una estrategia bien diseñada podría actuar como catalizador de oferta e inversión. Sin embargo, tal estrategia requiere una debida atención a la demanda, la cual incentivaría el desarrollo y escalado de proveedores digitales europeos.
En lugar de intentar integrar toda la cadena de suministro tecnológica en suelo europeo, conviene identificar los chokepoints críticos y los “huecos” donde Europa puede ejercer influencia decisiva en seguridad económica y capacidad tecnológica. Proyectos paneuropeos competitivos como el desarrollo de gigafábricas de inteligencia artifical (IA) o decisiones como la de Dinamarca, reemplazando el software base por alternativas europeas en el gobierno, pueden servir de ejemplo a seguir. Asimismo, sería recomendable fomentar relaciones comerciales donde la dependencia de proveedores americanos no suponga un riesgo crítico, como sistemas de gestión de relaciones con clientes (CRM) comerciales, suites de colaboración privadas o plataformas de software como servicio (SaaS) no estratégicas.
De cara al futuro, la UE debería priorizar un enfoque estratégico y realista. Soberanía no es sinónimo de autarquía. Este enfoque implica aprovechar el peso del mercado único para generar capacidades que no solo reduzcan vulnerabilidades, sino que posicionen a la UE como un actor imprescindible en la cadena de valor global, sin necesariamente desvincularse del mercado estadounidense en su totalidad.
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Pau Alvarez-Aragones

Sobre el autor: Pau Alvarez-Aragones actualmente es experto en Plurall, trabajando en política y tecnología. Anteriormente, Pau ha sido consultor del Banco Mundial en proyectos centrados en la UE. Pau se graduó del Máster Conjunto de Asuntos Transatlánticos entre el College of Europe y la Fletcher School de la Universidad de Tufts.
Disclaimer: Este artículo únicamente representa las opiniones del autor y en ningún momento la institución para la que trabaja.

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