Reflexiones desde el Digital Summit LATAM 2026
La semana pasada, Madrid acogió la última edición del Digital Summit LATAM, y la siguiente pregunta atravesó todos los paneles, de una u otra manera: ¿puede el espacio iberoamericano construir su propio Digital Stack, o está condenado a ser perpetuamente usuario de infraestructuras, datos y reglas diseñadas en otra parte?
El mapa del poder digital es, por ahora, esencialmente bipolar
Hay un punto de partida que ya nadie discute, y es que la IA es ya uno de los campos de batalla geopolíticos centrales del siglo XXI, el equivalente funcional de la energía nuclear en el XX o del vapor en el XIX. Y el mapa de ese dominio tiene, por ahora, dos polos claros: Estados Unidos y China.
Así, mientras Estados Unidos avanza hacia lo que los panelistas denominaron un neoliberalismo digital –esto es, un liderazgo hegemónico liderado por grandes plataformas tecnológicas cuyo PIB agregado amenaza con superar al de la propia nación que las aloja– China representa un modelo alternativo, intrínsecamente autoritario, pero con una ventaja decisiva: la escala.
En ese escenario, Europa y América Latina comparten una condición que los panelistas se empeñaron en nombrar con precisión: la de consumidores de inteligencia artificial, no productores. Esta equiparación entre Europa y América Latina resulta políticamente incómoda, pero es el punto de partida para entender la urgencia de lo que se debatió en Madrid.
Europa y la regulación como instrumento de poder
La lectura europea fue quizás la más sofisticada del evento. Europa no compite en producción de inteligencia artificial, pero sí ha demostrado que puede convertir la regulación en instrumento de poder global.
El GDPR fue el laboratorio: una norma diseñada para un mercado de 450 millones de personas que acabó estableciendo estándares en todo el planeta. La AI Act es la apuesta de continuidad. La clave de esa estrategia reside en una distinción que suele pasarse por alto: la diferencia entre economía digital y la digitalización de la economía. La economía digital se refiere al sector digital propiamente dicho, en el que Europa importa el 80% de sus productos y servicios. Por su parte, la digitalización de la economía implica la transformación digital del aparato productivo existente: la incorporación de tecnologías digitales en sectores tradicionales —manufactura, salud, logística, agricultura— para mejorar su productividad y competitividad. No se trata de crear nuevas industrias digitales, sino de transformar las ya existentes mediante herramientas como la automatización, el análisis de datos o la inteligencia artificial. Europa ha apostado decididamente por esta segunda estrategia, consciente de que difícilmente puede competir en la primera carrera.
Si bien esta premisa de la UE como superpotencia regulatoria se ha puesto en duda en los últimos años, lo cierto es que las voces del sector reconocen que las normas europeas siguen siendo los principales marcos de referencia globales. Aunque no siempre existe un alineamiento completo, estas siguen siendo las principales referencias ante las cuales todas las demás se comparan. Esto es particularmente cierto para América Latina, donde el espacio cultural compartido con Europa lleva a los reguladores nacionales a seguir de cerca (y a veces incluso adelantar en una misma dirección) la misma línea regulatoria que se sigue en la UE.
La escala como condición de existencia
Si hay una idea que recorrió transversalmente todos los paneles, fue la de escala. En la economía digital del siglo XXI, la escala no es una ventaja competitiva: es una condición de existencia. Las reglas las ponen quienes tienen mercados suficientemente grandes para que valga la pena acatarlas. La UE lo entendió con el mercado único. China con sus 1.400 millones de ciudadanos.
America Latina, con más de 650 millones de personas y una demografía joven, tiene la materia prima. Pero le falta la arquitectura.
Una tesis que resonó con fuerza fue que América Latina no será un actor digital creíble hasta que no construya un mercado digital común con un marco regulatorio propio. Sin descartar el potencial de una verdadera integración regional (similar a la europea), lo que se necesita a corto plazo es algo más acotado y urgente: una serie de reglas comunes, estándares compartidos de protección de datos, reconocimiento mutuo de marcos regulatorios, armonización de políticas de espectro, portabilidad de identidad digital, etc.
El concepto de Digital Stack soberano apunta precisamente a eso: a construir una capa digital propia que combine infraestructura, servicios, regulación y datos. No como alternativa de aislamiento, sino como condición de negociación con los grandes bloques hegemónicos de la era de la IA.
Antes de poder hablar de soberanía digital, sin embargo, hay que hablar de cables, espectro y centros de datos. El Digital Stack no puede construirse en el vacío: requiere una base física sobre la que operar. Y en este punto, el diagnóstico fue un tanto agridulce. La región ha avanzado significativamente en conectividad durante la última década —con casos notables como el de Chile, que construyó más de 230.000 kilómetros de fibra óptica en cuatro años— pero ese progreso convive con obstáculos estructurales que frenan la siguiente ronda de inversiones: marcos fiscales poco claros, baja seguridad jurídica por cambios regulatorios frecuentes, y modelos de negocio con márgenes que no permiten invertir en calidad de red.
El mensaje del Summit fue claro: sin infraestructura propia, la soberanía digital es mera retórica. Un mercado digital común iberoamericano necesita, como condición previa, una política regional de infraestructuras que armonice el acceso al espectro incentive la inversión privada y garantice conectividad universal. No como fin en sí mismo, sino como la capa sobre la que se construyen todas las demás —servicios, datos, regulación— que conforman el Digital Stack.

La paradoja de la democratización
El panel sobre IA y civilización digital introdujo una tensión que merece atención especial. Aunque la IA se presenta como una gran oportunidad de reducir las barreras de entrada en casi todas las industrias y pone capacidades antes reservadas a grandes organizaciones al alcance de cualquier emprendedor, los resultados son generalmente opuestos. El sector de la IA concentra poder en un número extraordinariamente reducido de actores, siendo apenas tres empresas las que controlan en la práctica el mercado de modelos fundacionales en Estados Unidos.
En la economía digital del siglo XXI, la escala no es una ventaja competitiva: es una condición de existencia.
Para América Latina (y la mayor parte del mundo), esta paradoja tiene implicaciones directas: puede usar las herramientas sin poder decidir las reglas bajo las que operan. El cambio, se insistió, no es tecnológico; sino geopolítico, y es aquí donde la alianza entre la Unión Europea y América Latina deviene de forma natural, dada la cercanía cultural y los intereses compartidos. Y he aquí donde lo latinoamericano deviene en iberoamericano, ya que la propuesta de sumar España —y Portugal— a este espacio contribuye indudablemente al desarrollo de múltiples capas del Digital Stack en todas sus partes, mientras facilita la alineación con Europa como socio natural.
El papel de España
Por ello, no es casual que el Digital Summit LATAM se celebre en Madrid. España se ha posicionado como nodo estratégico de la conversación digital iberoamericana, aprovechando su doble pertenencia al espacio europeo y al espacio hispanoparlante. Con inversiones masivas en telecomunicaciones, banca y energía en la región, tiene intereses propios en que ese espacio iberoamericano funcione. Asimismo, en el área de IA, la banca española —con BBVA y Santander a la cabeza— está actuando ya como uno de los principales vectores de adopción de IA a escala continental.
Mientras que la UE necesita escala para proyectar su modelo regulatorio más allá de sus fronteras, América Latina necesita un interlocutor dentro de la UE que conozca sus realidades. España, con el pie en ambas orillas del Atlántico, aparece como el actor natural para articular esa conversación.
Una ventana que puede no estar abierta mucho tiempo
En base a todo lo anterior, el Digital Summit LATAM 2026 dejó una conclusión incómoda pero necesaria: el espacio iberoamericano se encuentra en un momento clave de bifurcación. Por tanto, o bien se construyen en los próximos años las reglas, las alianzas y la infraestructura que le permitan existir como actor digital con agencia propia; o quedará reducido a ser el terreno en el que se juegan partidas decididas en Washington, Pekín y —ya veremos— Bruselas.
Si bien es una reflexión compartida en un alto grado entre voces a ambos lados del Atlántico, la mala noticia es que el tiempo corre y la ventana para actuar puede no estar abierta mucho tiempo. Y sabemos lo que ocurre, que aquel que no define sus propias reglas, acaba jugando con las de otro.
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Mateo García Silva

Sobre el autor: Mateo García Silva es consultor de políticas digitales para el Banco Mundial, donde trabaja en gobernanza digital, protección de datos, IA y regulación tecnológica en proyectos de desarrollo en África, América Latina y Asia. Anteriormente ejerció como abogado de nuevas tecnologías en Cuatrecasas. Es graduado en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Madrid y en Economía Internacional por la Université Paris-Est Créteil, y cuenta con formación de posgrado en derecho, políticas públicas y gobernanza digital, incluyendo un LL.M. en Tech Law & Policy por la Universidad de Georgetown. Actualmente investiga sobre gobernanza de datos e IA, con especial atención a los retos regulatorios y de desarrollo del Sur Global.

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