El 8 de febrero se hicieron públicos los resultados de las elecciones generales en Japón. La apuesta por adelantar las elecciones que hizo la líder del Partido Liberal Democrático (PLD), Sanae Takaichi, acabó resultando fructífera, proporcionando al partido la mayoría más amplia (en términos porcentuales) de la historia de la democracia moderna en Japón.
Este triunfo surge en medio de una crisis diplomática entre Japón y la República Popular China desatada meses antes. La tensión comenzó el 7 de noviembre de 2025, dos semanas después de que Takaichi asumiera el cargo por primera vez, cuando declaró frente a la Dieta Nacional que una “emergencia en Taiwán” amenazaría la supervivencia de Japón.
Tras las declaraciones de Takaichi en noviembre, Pekín respondió agresivamente: exigió una retractación, impuso restricciones a importaciones pesqueras japonesas y, desde su consulado en Osaka, lanzó amenazas en redes sociales, llevando a las relaciones bilaterales a su punto más bajo en años.
El gobierno japonés sostuvo que dichas afirmaciones no constituían una ruptura de la política exterior respecto a China, sino una continuidad con la línea oficial mantenida desde el Comunicado Conjunto del Estado del Japón y la República Popular China de 1972, donde Japón “comprende y respeta” la postura de Pekín de que Taiwán es parte de China.
Pero, ¿por qué importa Taiwán en este contexto?
Una historia de tensiones
El rol que han tenido Taiwán y sus archipiélagos es un aspecto no siempre explorado en las relaciones (y tensiones) sino-japonesas. Curiosamente, la historia de Taiwán ha discurrido a menudo separada del imperio continental: habitada por pueblos austronesios y codiciada por varias potencias europeas en los siglos XVI y XVII, Taiwán no se integró en la órbita administrativa china hasta el siglo XVII. En 1683, el Imperio Qing asumió la administración de la isla, limitada por la distancia, la complejidad geográfica, y una sociedad heterogénea formada por comunidades austronesias y comerciantes migrantes alrededor de sus puertos.
Sin embargo, no fue hasta 1887 cuando Pekín la declaró provincia, por ser un punto estratégico.
Mientras tanto, un imperio japonés en auge militar codiciaba las islas. Como consecuencia de la primera guerra sino-japonesa (1894-95) en la que Japón derrotó militarmente a China en varios frentes y con rapidez, el Tratado de Shimonoseki de 1895 redefinió la soberanía insular. El Imperio Qing cedió Taiwán y las islas Pescadores (Penghu) a Japón. Con este tratado, Taiwán pasaría a ser colonia japonesa durante 50 años.
Bajo dominio nipón, la isla vivió una transformación económica y modernización que contrastó con la inestabilidad continental. Mientras el continente se fragmentaba con la caída del gobierno Qing, Taiwán se desarrollaba bajo un sistema administrativo moderno. El gobierno colonial creó una serie de infraestructuras que, tras su rendición incondicional en 1945, servirían de base para la administración de la República de China. Ejemplo de ello es el Yuan Legislativo taiwanés, trasladado en 1960 al edificio del antiguo colegio e internado femenino de la Escuela Afiliada a la Oficina del Gobernador General japonés.
Final de una guerra mundial y continuación de una guerra civil
Tras la derrota japonesa en 1945, la República de China del Partido Nacionalista Chino (KMT) retomó Taiwán. En la China continental, la guerra civil, iniciada en 1927 y paralizada en 1937 por la invasión japonesa total (Segunda Guerra Sino-Japonesa), se reanudó en 1945 tras la retirada nipona. Cuatro años más tarde, en 1949, la victoria comunista en el continente forzó el exilio de Chiang Kai-shek, líder del KMT, y de su gobierno y sus militares a la isla. Desde entonces, a pesar de que ambas repúblicas reclaman ser la heredera de la China “legítima”, ambos lados del estrecho comienzan a seguir caminos radicalmente distintos.
En Taiwán, el proyecto nacionalista derivó en un gobierno de partido único de facto bajo ley marcial y represión política. En el continente, el Partido Comunista Chino consolidó un régimen autoritario marcado por las campañas políticas y catástrofes de enorme escala, como el Gran Salto Adelante, su posterior hambruna y la Revolución Cultural.
Décadas después, ambos sistemas se transformaron para sobrevivir. En el continente, Deng Xiaoping inició la Reforma y Apertura en 1978, reorientando la economía sin ceder el control político. En Taiwán, tras la muerte de Chiang Kai-shek en 1975, su hijo Chiang Ching-kuo cedió a presiones internas y externas, culminando con el fin de la ley marcial en 1987 y las primeras elecciones presidenciales directas en 1996.
Estas historias divergentes, marcadas por una guerra civil inconclusa, hacen que ambos lados del estrecho compartan herencias de aquella China revolucionaria, pero las consagran de maneras diferentes. Precisamente, este legado histórico condiciona las tensiones actuales entre los gobiernos de Japón y China.
Geopolítica de la legitimidad: esferas de influencia
Como hemos visto, Taiwán fue controlado por la administración imperial china de 1683 a 1895 y por la República de China continental de 1945 a 1949. En total, 216 años de gobierno asentado en el continente. Al mismo tiempo, cabe recalcar que la naturaleza de la administración Qing fue difusa y periférica. Durante la mayor parte del dominio Qing, el control efectivo se restringía a las islas Pescadores (Penghu) y a una estrecha franja de la costa occidental, mientras que el interior montañoso y gran parte de la costa oriental de la isla permanecía bajo el dominio autónomo de los pueblos austronesios.
Como consecuencia de ese control difuso y débil, el Imperio Japonés invadió el sur de la isla en 1874, expandiendo su control desde las islas Ryukyu. Tras el pago de una cuantiosa indemnización a Japón y la invasión francesa de Keelung en 1884, el Imperio Qing decide expandir su control hacia el interior montañoso y la costa este y, una vez asumido el control de la isla, le acaba otorgando a la isla el estatus de provincia en 1887.
Cuando Japón cedió la isla al gobierno de la República de China en 1945, durante una profunda crisis económica marcada por la inflación, el KMT impuso un gobierno autoritario militar inmerso. Al mismo tiempo, la creciente llegada de militares del KMT que escapaban del continente alimentó una fractura social profunda entre los locales y los recién llegados, la cual se agravaría una vez Chiang Kai-shek impone la ley marcial sobre la isla.
A día de hoy, el Partido Comunista Chino basa su reclamación sobre la isla desde un relato de legitimidad histórica y étnica: Taiwán es una parte inseparable de la nación china que debe ser “reunificada”. Esto contrasta con la lógica de otras potencias en sus respectivas esferas de influencia. En el Caribe, Estados Unidos ejerce influencia no mediante reclamos de soberanía histórica, sino a través de una doctrina de seguridad pragmática donde su control es vital para su defensa, independientemente de la identidad histórica de sus vecinos. China, en cambio, sí busca la restauración de una integridad territorial percibida como históricamente sagrada.
En medio de este tablero se encuentra Japón, el cual ve a Taiwán como un aliado y como el país más afín entre sus vecinos. Entre los países de la zona, Taiwán y Japón no solo comparten excelentes relaciones extraoficiales, ya que Japón no reconoce a la isla como país independiente, sino que también tienen una historia compartida. Cabe destacar además que la isla japonesa de Yonaguni, la más occidental del archipiélago, se encuentra a apenas 110 kilómetros de la costa taiwanesa. De hecho, en días despejados, las montañas de Taiwán son visibles desde suelo japonés. Esta proximidad hace que cualquier cambio de soberanía en la isla pueda ser visto por el gobierno japonés como un posible riesgo estratégico. Por lo tanto, se entiende que Japón vea el destino de Taiwán ligado al suyo propio.
***
José Soria

Sobre el autor: José Soria posee un grado en Relaciones Internacionales y Economía por la Universidad de Brown y un máster en Relaciones Internacionales por la Universidad Johns Hopkins. Durante su grado, José se especializó en China y ha realizado estancias de estudio y trabajo en Beijing, Shanghái, Guangzhou y Taipéi. Aparte de hablar chino, José también habla japonés, francés, ruso e inglés.

Deja una respuesta